26 de agosto de 2013

Un mes en Cambridge


Hoy hace de forma efectiva un mes completo que vivo en Cambridge, Inglaterra. Entrar en detalles de las razones, causas y formas que me (nos) llevaron a tomar esa decisión son largas y, además, de sobra conocidas por quienes realmente me importa que lo sepan, pero podría resumirse, en líneas muy generales, que se trata de una mezcla de anhelo y deseo de experiencia vital personal, a la par que desarrollo profesional, algo que sin que me hiciera falta de forma dramática, sí estaba ahí como un tren que podía lamentar dejar pasar.

Y así fue como hace un mes llegué a la estación de tren de Cambridge, una ciudad de mi querido Reino Unido aún desconocida para mí, con muchas cosas que hacer y con un nuevo trabajo esperándome a la puerta de la esquina... con los ecos de mis (honestamente felices) días en NEC, la por segundos creciente morriña de aquellos que quiero (con especial mención a Sera, mi familia y mis amigos más íntimos), y lo más importante: esa sensación tan intensa, mezcla de placer y de terror, que me impulsaba tanto a seguir adelante como a tirar hacia atrás.

A día de hoy, y todavía asimilando todas esas sensaciones, hago un balance muy positivo (con muchos matices, como no podía ser de otro modo) de esta nueva vida. He descubierto en Cambridge un sitio realmente especial en el que intuyo que puedo tener una buena calidad de vida que, en ciertos aspectos, ya disfruto: no tener que utilizar el coche, una distancia aceptable entre trabajo, lugares de ocio, hogar y, por qué no decirlo, la estación de tren, perfectamente comunicada tanto con la bulliciosa Londres como con el aeropuerto de Stansted, trampolín inevitable para mis más que previsibles constantes viajes a Madrid.

Pero no es fácil, si nos atenemos al grado que supone la situación en la que me he venido, si bien me hago cargo y soy muy consciente de lo privilegiado que soy al venir con un trabajo relativamente bien pagado, sin haberlo hecho por no tener empleo en España, el no tener que andar con líos de visados y con el idioma hablado con bastante soltura. Pero la realidad es que estoy solo. Sin mi gente. Y sin mi chico. Y por muy racional que quiera ponerme y ser, hay momentos en los que se pasa mal. Afortunadamente he descubierto con todo esto que, por mi forma de ser (o que he llegado a tener), los momentos de sobriedad objetiva superan ampliamente a los viscerales.


Este año ha sido muy raro, y está siendo uno de los más intensos que he vivido en el buen sentido: si casi “amanecía” cumpliendo un gran sueño personal como pasar un mes entero estudiando japonés en Tokio y en cuyo camino he conocido gente tan maravillosa como los Kikuchi o todos los amigos que he hecho en el camino, amén de lo importante que ha supuesto para mí esa experiencia, ahora se une el hecho de que he abandonado el nido patrio para venir a vivir a un país que pisé por primera vez hace ahora 16 años y que siempre he tenido en mi corazón por las circunstancias que rodearon aquella primera visita y que desembocaron en una infinidad de reencuentros a través de los años que vinieron después.

Hoy, la sensación es básicamente una agridulce, intensa y sobrecogedora congoja. Feliz por estar expandiendo mis propios límites personales y creciendo de una manera descomunal en todos los ámbitos (habrá quien esto le parezca admirable, o una chorrada), pero en el fondo descorazonado por lo difícil que se hace en ciertos momentos no tener ciertas compañías cerca, algo que últimamente intento mitigar en forma de interminables posts en facebook, tweets y check-ins con tal de recibir algún tipo de feedback (lo siento, ya se me pegan los tecnicismos british) de fulanito o menganito. También lo hago para poder yo hacer saber a quienes me importan, con cierto grado de reporte, dónde estoy y qué estoy haciendo. No puedo evitarlo.

En cuanto a si estoy mejor o peor que en España: pues la verdad, hay muchas cosas que de momento me gustan mucho más y otras que no me gustan tanto. Creo que es de sentido común. A mi los argumentos del clima y de la comida no me valen: realmente no soy tan fan de la paella ni del solecito (que me gustan, por supuestísimo), pero los británicos simplemente funcionan de forma diferente. Podría ponerme a hablar de ello ahora, pero creo que esto me da para otro post y ya he soltado bastante ladrillazo con esto. Además, sin duda alguna todo esto que estoy contando evolucionará dramáticamente en las próximas semanas y meses.

Desde mi habitación en casa compartida, donde tengo la suerte de haber topado con gente muy agradable y afín a mí, escribiendo ya con mi teclado británico (tomé la decisión de cambiarlo casi inmediatamente, ya que creo que tiene mucho sentido), con mis papeleos ya finalizados en forma de cuentas bancarias, seguridad social, etc... mi bici en el jardín esperando que mañana la coja para ir al trabajo tras este primer Bank holiday que he tenido hoy, y con la mirada puesta en mi próximo viaje a España dentro de dos semanas para ser testigo de la boda de mi primo Rubén y de paso ver a mi gente, me despido esperando de nuevo este fin de semana para poder seguir recorriendo las calles de Cambridge y descubriendo sus alrededores, una ciudad que me ha acogido con cariño y a la que solo le pido que haga lo mismo con mi Sera dentro de poco.

Un abrazo.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Hola mi rey , eres marika cariño mío, un beo cielo

Anónimo dijo...

Hola, me gusta mucho tu blog y me gustaría ser tu amigo : )

Daniel Oliver dijo...

Anonimo 1, reina, no soy marika, soy maricón. Un beo para tí también.

Anónimo 2, muchas gracias por el comentario. Ya sabes dónde encontrarme :)