Voy a empezar mi serie de relatos del reciente viaje que he hecho a Japón junto a mi querido Bigbro Guido hablando de una experiencia realmente increíble que, evidentemente, nunca había tenido antes y dudo que vaya a tener a menudo: hacer un vuelo intercontinental en clase Business.

Guido y yo fuimos así vestidos, en plan
elegante, ya que él como empleado de la compañía tiene que dar cierta imagen (además de ser parte de su política), y yo debía ir parejo a él como
partner que le acompañaba. La instantanea es del aeropuerto de
Frankfurt.

¿Se me notaba
emocionado, por casualidad?

Tras una espera relativamente corta, finalmente abordamos el avión, uno bastante grande que (discúlpame, Guido, en aviones soy un lerdo) creo que era un Airbus.

La cosa empezó muy pero que muy bien: los asientos eran casi un
mini-sofá completamente automatizado y electrónico, con un enorme espacio detrás y delante, lo que permitía convertirlo en
cama llegado el momento, pasando por todos los estados intermedios (incluyendo mi favorito: modo
vago total). No faltaban ni la
pantalla individual con mando a distancia, dos
bandejas diferentes (comidas y aperitivos), y un largo etcétera. Los asientos tenían compartimento para dejar los
zapatos, e incluían un
pack viaje de lo más chulo con cascos, tapones para los oídos, antifaz de noche, cepillo de dientes y pasta, etc... vamos, confort
total y absoluto.

Durante el viaje, e incluso antes de salir, no dejaron de ofrecernos
bebidas de toda índole... incluyendo vinos y champán (y en copa de cristal). Aquí estoy yo tomándome un
Chardonnay delicioso para calmarme un poco (me ponen muy nervioso los aviones, aunque parezca de risa).

En medio del viaje, y tras comer bien (menú a escoger entre varios platos, alucinante), y tras ver alguna película, me dispuse a
dormir. Convertí el asiento en cama y pude conciliar el sueño unas tres horitas, algo que me sirvió de mucha ayuda para combatir el
Jet-Lag tan bestia que tuve al llegar.

Cuando quedaban más o menos dos horas para llegar, nos ofrecieron un
desayuno (también a la carta), e hice la instantanea del mío, aquí arriba expuesta. ¡Qué
delicia, por favor!. A esto, añadir café y zumo, claro está.

Y ya está:
once horas después de nuestra partida, llegamos al aeropuerto de Kansai, en
Osaka. Pese a la emoción y el cómodo viaje que tuvimos, nada nos quitó un
Jet-Lag de impresión. Y es que llegamos a las 9 de la mañana, cuando en España eran siete horas menos.
Nunca pensé que viajar podría ser algo tan extremadamente
placentero. Sé que esto es algo que no haré muy a menudo, porque no soy rico (ya me gustaría), pero querría dar las
gracias a Guido por darme este increíble regalo. A la vuelta, fue exactamente lo mismo.
Por cierto, si pensáis que esto era un lujo desmedido, tendríais que haber visto los de
Primera Clase...
Un abrazo.